domingo, 10 de abril de 2016

Susurrar tu nombre

Corriendo a tropezones, entre estallidos, disparos, muerte y polvo caí por accidente en una trinchera.

Desperté asustado y viendo hacia todos lados. Pronto entendí en donde me encontraba y el olor fétido me indicó que lo peor ya había pasado ahí. Al menos por un momento estaría a salvo. Traté de aclarar mi mente y mi visión, me limpié los ojos y empecé a inspeccionar el lugar con detenimiento.

Fue entonces cuando a lo lejos te vi, apenas te veías entre tanto cadáver; desangrando, sucia, herida, muy herida, herida de muerte.

Me di cuenta que no eras de mi ejército, no, eras del enemigo. Pude dejarte allí, pude haberte matado, pero no lo hice, aún no sé por qué. De todas formas, los dos, en el fondo,  peleábamos por una causa similar: El amor.

Poco a poco me acerqué a ti y haciendo ademanes con  mis manos te pedí que no tuvieras miedo. Me arrodillé y te vi detenidamente: Detrás de todas esas heridas, detrás de la suciedad, del miedo, del llanto, te vi hermosa.

Me arrastré para conseguir agua, presuroso limpie mis manos sucias y me dediqué a limpiar tus heridas. Dudé por dónde empezar, ya que tus heridas recorrían todo tu cuerpo, así que empecé por donde se me ocurrió. Desgarré el uniforme de un cadáver para improvisar vendas y cubrir tus heridas. Hice lo que pude.

Mientras te atendía vi por sobre mi hombro que me mirabas y esbozaste una sonrisa. Yo me sonrojé.

Me dio mucho gusto cuando hablaste por primera vez, y en aquella noche de lluvia te cubrí con mi cuerpo. No te miento, se sintió bastante bien. Tu dormiste como nunca.

Fue una suerte conseguir comida y alimentarte mientras te cantaba aquellas canciones de mi pueblo. Tu solo sonreíste y aunque esperé una nota de vuelta, eso nunca sucedió. Supuse que fue porque aún estabas convaleciente.

Me di cuenta que cada vez que reías tus ojos se iluminaban, así que en aquella sucia trinchera me convertí en tu payaso personal. Pinté mi rostro con lodo y con ramas improvisé. Tu no parabas de reír. Por un momento no escuchaba las bombas a nuestro lado, tu sonrisa y carcajadas llenaban el ambiente.

En esa tarde gris recuerdo a lo lejos unos débiles sonidos de ametralladora que enmarcaban el ambiente mientras nos besábamos. Era una locura, lo sé, pero no nos importó, el momento no pudo haber sido más propicio.

Los días pasaban y empezaste a mejorar. Contamos mil historias: Tú me contabas de tu niñez y yo de lo absurdo de la guerra. Por un momento pensamos en fugarnos juntos, huir de allí y empezar de nuevo en otro lado donde no hubieran ejércitos peleando absurdamente.

Esa noche te escuché soñar, balbuceabas algo y me acerqué para escucharte. Anhelabas tu tropa. En el sueño pedías regresar y volver a ver los ojos de tu comandante, tocar su piel y fundirte en él. Aunque fuera él mismo el que te había enviado a esa misión suicida, pero tú lo añorabas, era evidente que querías estar en tu milicia, estar con él.  

Lloré.


A la mañana siguiente no dije nada, seguí mis atenciones y mis bromas. Te veía cada día mejor. Tu sonreías y hablabas más. Yo gozaba con escucharte y cada historia tuya me parecía impresionante. Pero tú eras hábil, te percataste que algo me pasaba, y cuando preguntaste si me sentía bien, si pasaba algo, te mentí diciendo que era el cansancio.

Ahora, que hay un buen color en tu rostro, que las fuerzas han regresado a ti; ha llegado el momento que regreses con tu tropa, que luches tu propia batalla de amor, que regreses con tu comandante.

Recuerdo tu inocente pregunta -¿Por qué no vienes conmigo?- y recuerdo mi engañosa respuesta: -No puedo cambiarme de bando-. Pero en realidad no podía ir contigo porque te estorbaría, yo estaba de más en tu historia de amor, además, no podía salir de esta trinchera porque, cuando caí en ella me herí. Sané tus heridas y te cuidé hasta que mejoraras, pero, olvidé curarme a mí mismo. Vi como comías con ansias, necesitabas nutriste así que preferí no comer.

Ahora estoy herido de muerte, sin fuerzas. Ya no podía huir, nos hubieran sorprendido. No podías andar por ahí soportando mi peso. Pero tu si te podías salvar. Recuerdo que te grité -¡Ve! regresa, lucha por lo tuyo. Yo me quedaré acá y contemplaré como llegas con éxito. Esa será mi recompensa-.

De lejos pude ver cómo te arrastraste, corriste con todas tus fuerzas y llegaste. Todavía pude ver tu mano saludándome a la distancia. Lo conseguiste.

En soledad pude escribir estas líneas; tendido, en la noche, viendo a las estrellas. Lance un suspiro. Y solo pido al cielo que junto a mis restos encuentres esta carta para que entiendas los motivos de mi corazón. Hoy será el ocaso de mi vida, y mientras se extingue, susurraré tu nombre.