domingo, 24 de abril de 2016

Aquella amante

Se conocieron por que se encaprichó el destino, y pronto se entusiasmaron. A los pocos meses estaban inmersos en un sórdido romance.

Ella juraba haber encontrado al hombre de su vida, mientras él, de apacible carácter asentía con la cabeza sintiéndose orgulloso de ser el objeto de amor de aquella adorable dama.
Su ego se incrementó cuando la chica de las hamburguesas le sonrió y su pareja en abrupta interrupción puso en su lugar a la chica. “wow, ella de verdad me ama” pensó el muchacho.

Cuándo su amor parecía estar en su punto más álgido, él le propuso matrimonio y tirando la casa por la ventana se casaron. Ella lucía hermosa y él gozaba con las señas que ella le hizo toda la velada indicándole que se compusiera la corbata.

Fue un domingo por la mañana cuando a su puerta tocaron los vecinos de al lado. Ellos explicaron con pena que no querían problemas y que la intención de ella había sido únicamente pedirle a él que le ayudara a bajar ese pesado cilindro de gas del coche.

Él sin saber a qué se referían sus vecinos, trató de explicar que no había problema, que estaba dispuesto a ayudar, cuando de pronto su esposa bajó las gradas y en voz alta insistió “te dije que no te quería volver a ver perra” se abalanzó sobre la vecina y afortunadamente ambos hombres pudieron sostenerla para que no la golpeara.

Ella gritaba e insultaba a la vecina que, como pudo junto a su esposo salieron de aquel lugar.

Él trató de calmar a su esposa y explicarle que aquella escena era una cuestión de amabilidad, pero ella insistía en que la vecina quería tener una aventura con él. Y él, ese día se preocupó.

No pasó mucho tiempo para que ella empezara a aparecerse sorpresivamente en su trabajo, en la estación de combustible, en el restaurante, a las afuera del bar donde se reunía con sus amigos. Los reclamos en casa se volvieron interminables y la búsqueda de cabellos o pinta labios se volvieron obsesivos. Él estaba desesperado.

Ella insistía que lo amaba pero que no lo dejaría tranquilo hasta encontrar a aquella amante con la que él la engañaba. Aquella amante que ambos sabían perfectamente, no existía.

Después de un mal día en el trabajo él llegó a casa y mientras veía el televisor y ella le reclamaba por una mancha en su camisa, él pensó.

Con una gran sonrisa en el rostro él le dio un beso en la frente a ella y salió de casa. Pasaron muchos meses de la misma forma. Ella no sabía en qué pensar.


Hoy sus días son estables: Ella sigue tratando de encontrar la prueba fehaciente de la infidelidad de su marido, y él, se divierte escondiéndose por que, gracias a su amada esposa, ahora tiene una amante en la vida real.