Blanca alma

El escritor leyó las líneas que le agradecían. Leyó una, dos y tres veces.

Volvió a leer.

Entonces, ese sentimiento nostálgico llegó a visitarlo, y mientras miraba por la ventana pensó y meditó cada una de ellas e intentó visualizar a esa blanca alma escribiéndolas.

Se sintió honrado e indigno de aquel hermoso texto que habían llegado en el momento justo para calmar su pena.

En su mente agradeció y lo plasmó en su redacción como un pequeñísimo homenaje a esa persona que a la distancia, y sin saberlo, también le ayudó en un momento trascendental.

Amor en el centro de la mesa

Un día, sin decirle a nadie construyeron un amor; único, grande, compuesto por miles de momentos locos, conversaciones, mimos, caricias, pasión, llanto y sonrisas.

Veían orgullosos ese amor en el centro de la mesa, y todos los días se sentaban a contemplarlo.

Pero el amor creció, demasiado, a tal punto que cuando se sentaban a verlo, ya no se podían ver ellos mismos. Y un día, mientras jugaban a verse, el amor se les cayó de la mesa y se rompió.

Se abalanzaron a tratar de rescatarlo, pero era demasiado tarde, el amor se había hecho pedazos.

Llevaron los pedazos a la mesa y trataron de repararlo, pero cada vez que colocaban un pedazo, otro se caía irremediablemente.

Ambos se molestaron y se dieron la espalda. Uno culpaba al otro por dejar caer el amor al suelo. Pero poco tardó para que se dieran cuenta que era irremediable reparar ese amor, así como era irremediable seguir molestos eternamente.

Y ahí, sentados, frente a los pedazos del amor, se vieron y sonriendo, aceptaron la pérdida. Tomaron un pedacito de aquel amor roto y lo guardaron. Se levantaron, se dieron un fuerte abrazo y cada uno se fue por su propio camino.

Con el tiempo construyeron otros amores, pero nunca uno tan grande como aquel que, sin decirle a nadie, un día construyeron.


Alguien lloró.

Encendió una vela de la forma más discreta posible.
Se sentó a la mesa y comió solo para mantenerse vivo, porque tenía que hacerlo.

Con lentitud salió de la casa y se sentó en las gradas a observar la noche que ese día estaba más oscura que nunca. Los insectos, insistentes, a lo lejos le cantaban la melodía que él ya conocía.

Y mientras levantaba sus ojos a la brisa nocturna, volvió a pensar en el hijo que nunca tuvo, el que posiblemente, lo hubiera mantenido al lado de ella.

Esa noche, en medio de la oscuridad, alguien lloró.

Correr a tus brazos

Ahora mismo anhelo tus besos, estar a tu lado, escuchar tu voz.
Ahora mismo no te tengo y es cuando te necesito.
Ahora mismo desearía correr a tus brazos.
Ahora mismo quisiera flotar en el aire contigo.

En el olvido, el amor y la esperanza

Este es un escrito que estaba guardado desde el año 2007. Hoy lo encontré y se me ha ocurrido colocar la versión original, y la versión 2016.

Pensamiento original 2007:

El poeta vio al horizonte y juró no volver a escribir acerca de ella. Y pasaron los días, meses y años, y aunque ella jura que los versos del poeta son para ella, él encontró en el olvido, el amor y la esperanza una nueva fuente de inspiración.


Pensamiento 2016:

El poeta vio al horizonte y juró no volver a escribir de ella.

Pasaron los días, meses y años, y sus escritos cambiaron.

Hoy, ella asegura que los versos del poeta aún le pertenecen. Pero él encontró en el olvido, el amor y la esperanza una nueva fuente de inspiración.

Renacer

Renacer es una figura de pensamiento que evoca “comenzar de nuevo una actividad o condición” ya que es virtualmente imposible (al menos la ciencia no ha comprobado aún la re encarnación) despojarnos de nuestra condición actual, sea cual sea la edad que tengamos, y volver a nacer del vientre de nuestra madre con una mente nueva.

El renacimiento se ejemplifica comúnmente en la religión, donde, una persona que ha cometido una serie de actos de los cuales se siente avergonzado, intenta cambiar su actitud y olvidar lo que anteriormente hizo. Por lo regular, ese renacimiento se da  a través de otra figura: Una deidad que motiva de forma portentosa que aquella persona cambie de actitud hacia él mismo y la sociedad. Y resulta que la figura resulta muy bien; ya que para el resto del grupo social donde ésta primera persona se desenvuelva, sus faltas “son perdonadas” y nadie lo recuerda más, porque ha nacido de nuevo, y este, se auto motiva a creerlo y cambia su actitud. Si, el renacer ha funcionado.

Irónicamente, si la falta de la persona es muy grave, y afecta a los otros miembros de la sociedad, se impone un castigo a éste, esperando que a través del castigo, su actitud cambie. Entonces, se podría decir que hay otro tipo de renacimiento, un renacimiento forzado. Ya que la primera persona no quería cambiar, pero es obligado a hacerlo. Evidentemente, ese renacimiento no funciona, no es genuino, es como amaestrar a esa persona.

Pero, la mayoría de individuos buscan su propio “renacimiento” es decir, todos, en algún punto de nuestras vidas, buscamos un cambio actitudinal o espiritual que nos haga sentir bien con nosotros mismos, buscando la felicidad, ya sea felicidad personal o grupal.

Ahora bien. Un renacer, un comenzar de cero, requiere de un compromiso genuino del sujeto, que, evidentemente, requerirá grandes sacrificios, mucha disciplina y constancia. Porque, en el momento que éste reconozca que necesita renacer, es porque, ya sea por factores externos o internos, se ha percatado que una o varias de sus actitudes no son correctas, o no le provocan felicidad. Al menos no para sus propios parámetros filosóficos.

Entonces, para renacer hay que comenzar por dejar de hacer aquella actividad que nos arrebató la felicidad, la paz y que ahora, nos motiva a renacer. Y ciertamente, eso no es nada fácil.

¿Se imagina? De pronto ese acto, ese hecho recurrente que usted adquirió desde niño, o esa conducta que eventualmente le provocaba placer momentáneo, ahora es el causante de su infelicidad, y es necesario eliminarlo para poder renacer. Ulteriormente, si una actividad la realizamos de forma inconsciente, o nos produce placer momentáneo, es difícil dejarlo, cambiarlo de una sola vez. Por eso, lo primero que se debe hacer, es identificar qué elemento, elementos o actitudes son las causantes de nuestra infelicidad. Hay que identificarlos, y muy bien.

De pronto el exceso de cosas en nuestra vida, lejos de hacernos sentir bien, nos provoca aflicción e intranquilidad. O una relación que por cortos momentos es placentera, pero la mayoría del tiempo es caótica, llena de dificultades y problemas. La misma rutina laboral, familiar o social, de pronto nos atormenta y nuestra vida deja de ser nuestra, y terminamos esclavizados de las cosas, de la gente, de la sociedad. Si en nuestras vidas dejamos de ser libres y terminamos esclavos de la sociedad, de las cosas, del amor o de nosotros mismos, no hay otra solución más que alejarse de eso y renacer.

Si ya identificamos lo que hay que dejar de hacer, si ya sabemos qué nos quita la paz; entonces es el momento de ir dejando esas actitudes y costumbres e irlas cambiando poco a poco por nuevas costumbres que nos hagan sentir bien. Y es que no hay nada como la simpleza. Trate de eliminar una actitud compleja y céntrese en lo simple. Como por ejemplo: No es necesario que trabaje largas jornadas de trabajo para comer en el restaurante más famoso de la ciudad. Trabaje menos, camine por la calle, llegue temprano a casa y salga en bicicleta, salga a correr, comparta con sus amigos, con su pareja, con su mascota. El renacer no lo llevará de lo material a lo material. Recuerde que el renacer lo llevará de las cosas a los momentos. Lo llevará a la felicidad.

Por consiguiente, renacer implica un compromiso, un proceso que en algunos resultará largo y doloroso, pero que al final nos llevará a tener una paz que hace tiempo no habíamos experimentado. Es el momento de renacer, es el momento de meditar y alejarnos de lo que nos ata. ¿Se puede renacer? Si, si se puede, dolerá al inicio, pero al final, la sonrisa de nuestro rostro y la paz en nuestro corazón, nadie nos la podrá quitar jamás.

El más triste adiós

Se sentó viendo hacia la nada, con la mirada perdida en los hierros viejos que tenía de espectáculo. No importaba, él sabía que el final era inminente,  y a pesar que entendía perfectamente que debía disfrutar el momento, su anticipación al futuro hizo que por un instante se sentara con desilusión.

Ella lo vio y guardó el momento en su mente, ambos sonrieron.

Pero, un tiempo después, ella entendería la profunda pena que a él, en ese momento le había tomado por sorpresa. Ahora ella sabía que él había visualizado el fin de sus días. Sabía que ya no estarían juntos y se enfadó con él. Luego se enfadó con ella misma. Luego lloró. Y un día, mientras tomaba algo, recordó que aquella escena había sido el más triste adiós.

En lo más profundo de su corazón

El sol brillaba en todo su esplendor y se reflejaba en el mar que mecía suavemente su barco mientras él, como todos los días, rutinariamente preparaba su red para la pesca. Tendió la red en el mar y pacientemente esperó mientras lamentaba su suerte.

Mientras veía sus manos sintió como unas gotas empezaban a cubrirlas con prontitud. Él nunca supo cómo fue, pero de pronto estaba inmerso en una tormenta que sacudía su barcaza y amenazaba su vida.

Por alguna razón no tuvo miedo, al contrario, esa tormenta hizo saltar su corazón y entre luchas y sonrisas trató de controlar la situación. Casi la dominaba cuando un tirón fuerte lo lanzó al agua. Como pudo se aferró de la red que se sacudía con fuerza. Inmerso en la tormenta y el caos, vio un enorme pez que nunca antes había visto, era realmente hermoso y de muchos colores que se revolvía con fuerza para librarse de su red.

Con esfuerzo se lanzó de nuevo a la barcaza y luchó contra la tormenta y aquel hermoso pez que seguía dando lucha. Forcejeó hasta que logró llevarlo junto a su barca, pero por el peso no pudo subirlo.

Luchando contra los elementos, solo y sin poder hacer nada más, se aferró al pez y a la barca y por unos segundos contempló aquellos hermosos colores del pez que por alguna razón, se había quedado quieto a su lado. No tardó mucho en darse cuenta que jamás podría subir al pez a su barcaza, pero tampoco le iba a hacer daño. No, ese pez había nacido para ser libre, así, que recogiendo su red le liberó.

La lluvia, las olas y el viento le impidieron ver por donde se fue el pez, y de todas formas ya no importaba, porque ahora, debía controlar su barca y no perecer en la tormenta. Una ola sacudió el barco y él cayo quedando inconsciente durante un tiempo, en medio de esa feroz tormenta que poco a poco se fue calmando hasta dejar ver nuevamente el sol.

Cuando él despertó estaba nuevamente solo como en un inicio. Suspiró, recogió sus cosas y con una leve sonrisa en su rostro, nostálgico, remó hacia la orilla, donde sabía perfectamente que todo lo sucedido, se quedaría únicamente en lo más profundo de su corazón.

Trozos de materia

Exhaló su último aliento de vida y dejó de existir. Su alma dejó esta dimensión y se posó en el espacio en pequeños trozos de materia. Poco a poco se fue fundiendo con las demás almas que se reunieron con él, y cada pequeño polvo de su alma que se fusionaba con otra, brillaba tenuemente.

La última partícula que quedó esperó por mucho tiempo hasta que se encontró con la partícula que él estaba esperando. Y al fusionarse con ella su ser le dijo “te lo dije, te estaría esperando” fue hasta entonces cuando completo, brilló por toda la eternidad.

Pegada a él

Él le contó muy entusiasmado de su viaje de negocios. Viajaría una semana entera y esperaba sorprender a sus jefes a su retorno. Ella escuchaba con atención, mientras veía cómo se iluminaban sus ojos por la nueva experiencia.

Antes de partir él le dijo “mañana, quiero despertarme con tu despedida, hazme ese favor”

Al día siguiente ella madrugó e inspirada le envió el más tierno mensaje de despedida que se le hubiera podido ocurrir. A los pocos minutos se percató que él lo había leído. Entusiasmada esperó el mensaje de retorno, pero nunca llegó.

No quiso molestarle más y dejo pasar el lunes completo para que él se concentrara en su trabajo. El martes le envió un corto saludo deseándole éxitos en sus negocios. Pero él no leyó su mensaje.

El miércoles, el jueves, el viernes y el sábado ella hizo lo mismo. Pero él no respondió.

El domingo él retornó al país y ella le recibió. Le preparó una cena y esperó a que él le contara toda su aventura. Él no se midió contando con detalles su experiencia de negocios, pero ella le interrumpió  “me imagino que estuviste muy ocupado desde que te levantaste el lunes” pero él le contó cómo el vuelo se atrasó y tuvo que esperar muchas horas del lunes en el aeropuerto.

Ella no pudo evitarlo y le reclamó su falta de interés. Le reprochó los mensajes que diariamente ella le envió y que él no respondió.

Pero el la vio y levantándose de le mesa le dijo “sabes, no me agrada que me presiones, estuve muy ocupado en este viaje y no tuve tiempo de responderte. Yo no nací pegado a ti, tengo cosas que hacer”.

Él salió de aquella casa y nunca más regresó. Ella, recogió la mesa, lavó los platos y se fue al dormitorio.

Pasaría muchas noches sin dormir.

Pero una mañana el rayo de sol la despertó y ella sonrió, era cierto, ella no había nacido pegada a él.