El más sabio de todos los hombres

El más perverso de todos los hombres, se sintió orgulloso cuando su hijo por primera vez mató.

El más cobarde de todos los hombres, se sintió orgulloso cuando su hijo traicionó por primera vez.

El más descarado de todos los hombres, se sintió orgulloso cuando su hijo por primera vez estafó.

El más ignorante de todos los hombres, se sintió orgulloso cuando su hijo hizo exactamente lo que los demás le dijeron.

El más sensato de todos los hombres, se sintió orgulloso cuando su hijo, sin instrucción, hizo lo que era correcto.

El más inteligente de todos los hombres, se sintió orgulloso cuando su hijo por primera vez lo cuestionó.

El más sabio de todos los hombres, nunca tuvo hijos.

Aprender el arte del vino

El loco un día decidió aprender el arte del vino, así que acudió a un experto catador para que le enseñara.  

El experto les hablo a los alumnos de las regiones vinícolas, las mejores uvas, los nombres y cómo tomar vino. El experto dejó tareas.

El loco realizó cada una de las tareas que el experto dejó, a pesar que sus compañeros le animaban a no hacerlas –Él no te evaluará de eso, ya lo verás- Pero, el loco insistió en practicar el arte del vino. Al llegar con dudas y comentarios a la siguiente clase, el experto no le escuchaba, y prefería conversar con los estudiantes que, a su criterio, le eran más agraciados que aquel loco.

El experto evaluó a los alumnos, pero no de las prácticas encomendadas, al contrario, se centró, únicamente, en requerir a los alumnos que repitieran de memoria los nombres de las regiones que él había impartido en clases. Los alumnos, sin que el experto lo notara, sacaron sus copias, y listaron lo que en el cuestionario se les pedía. El loco, se sintió defraudado del experto, sin embargo, no quiso sacar sus copias, y contestó el cuestionario, según lo que él creía que había aprendido de sus prácticas.

Al finalizar el curso, el loco tuvo una menor nota que la mayoría de sus compañeros, que con sonrisas, le recordaron sus consejos.

Unos años después, mientras el loco disfrutaba de un buen vino tinto, recordó y agradeció las lecciones aprendidas en aquella oportunidad: Ser experto no te hace maestro, y, el que desea dominar una disciplina, debe estudiarla y practicar sin importarle una nota.

Tríada de un dios entre los mortales

Perdona
Olvida
Sigue

Dos mil dieciséis candados

Siento los pies helados por el frío de la época, entonces, como puedo, me acurruco en el sillón, y jugando, veo mecerse al tinto con suavidad en la copa. Entiendo que es el momento, en el que debo hacer el recuento de este intervalo que pronto morirá.

Se que he reído a carcajadas y llorado amargamente, pero como todo, esos momentos han pasado y se quedaron guardados en la infinidad de estantes de recuerdos que pronto se cerrarán con dos mil dieciséis candados.

Entonces, sumergido entre campanas de viento, mi mirada se pierde en la nada, y mientras elevo el Carmere, me es inevitable esbozar una sonrisa: Lo que aprendí, tendrá que servir en ese futuro que inevitablemente, me está esperando en la puerta.

Por todo, por todos, por ti: Salud. 

Buscando olvidarte

Como tantas noches, trato de descansar y dejar que mis ojos se apaguen de a poco, pero, intempestivamente, te vienes a mi mente, y tu recuerdo se columpia en mi cerebro, rescatando momentos que hacen que suspire por ti.

Y entonces, despacito, se me viene tu sonrisa, tus gestos, nuestras eternas conversaciones, tus caricias, tus besos, tu forma de hacer el amor. El sueño se enfada conmigo y se aleja abandonándome, mientras mi mente se inunda por completo de ti.

Sé que ya no debo pensarte, sé que ya no debo amarte. Sé que eres pasado, y sé que fui yo quien te dejó ir. Pero ahora estás en  mi mente, y tu recuerdo se vuelve a burlar de mí. Tengo que aguantarte una noche más.

Me enojo y me reprocho, pero me defiendo echándote la culpa de todo, trato de buscar un sabor amargo en mi boca, pero no puedo encontrarlo, tus momentos me ahogan en el deseo de verte, de abrazarte, de decirte cuánto te amo. Si, en este momento no me pertenezco, en este momento me vuelves a poseer.

Me revuelvo en la cama buscando olvidarte, pero el silencio me grita con fuerza tu nombre, y tu promesa de amor retumba en mi interior. No te culpo por continuar tu vida y olvidarte de mí, es lo que yo debiera haber hecho hace mucho tiempo, pero esa manía que tengo de pensarte, me lleva a recitar tus palabras de amor, palabras que inmediatamente trato de extinguir con fuerza en la almohada.

Al final, el cansancio se apiada de mí, y el sueño regresa sigilosamente a recoger los pedazos de recuerdos que se quedaron tirados en mi mente y en mi corazón. Al día siguiente, la mañana llega para avisarme que debo vivir sin ti. Vivo y me olvido, y me ocupo en otras cosas, pero al final, algo en mi interior, me prepara para seguir buscando olvidarte las próximas trescientas doce noches del año.

Nueve mentes

La filosofía les esperaba, ansiosa de volverse el centro de atención. Entonces, entre las tinieblas, fueron apareciendo, hasta que las nueve mentes se congregaron, y circulando los cristales marrones, sintieron las fuerzas de esbozar el conocimiento en atrevidas intervenciones.

De lo general a lo particular, se gestaron las teorías, y una carcajada irrumpió el silencio para recordar que aún seguían siendo mortales. Las ideas se ordenaron y se sentaron propuestas que alimentaron los corazones goliardos que fortalecía la luna. 

Se sintieron uno.

El momento se cumplió y con la promesa de otro ritual, las mentes se dispersaron. Ahora, ocultos entre las almas domesticadas, las mentes inyectan la sabiduría, que en un futuro, les recompensará su atrevimiento. 

flashazos de amor

Desde que te conocí, te volviste en mi objetivo. Te vi a través de un lente y tu cuerpo iluminó mi corazón. Te dejé plasmada en mi pantalla. 

Desde ese momento, utilicé filtros hasta que fueras la única en mi mente, y me enfoqué solamente en ti.

Tuve prioridad de velocidad para conquistarte, y procuré que tuvieras sensibilidad a mis atenciones. Yo sabía que contigo no había un manual de instrucciones, ni podía ir de modo automático. Así que utilicé un programa para conquistarte y estabilizar tu corazón.

Y tú, coqueta, diste prioridad de apertura a tu corazón, y colocaste tu dial sólo para mí. Fue así, que con el tiempo hicimos clic, y desde entonces, iniciamos un amor particular, el que llevamos a una zona creativa, donde, con cada disparo de atenciones, nuestras baterías nunca se agotan.

Ahora, nuestra exposición tiene dos puntos a favor, y cada día, nuestro balance es más blanco. Hemos acumulado flashazos de amor, que nos recuerdan que nuestra historia no terminará, hasta que un día, el diafragma de la vida, se cierre mientras nosotros, nos sub exponemos en un beso.

A la par suya

Un día se apareció a su lado, de pronto, sin invitación. 

Y decidió quedarse a su lado por siempre.

Trató de deshacerse de ella, pero no pudo. No importaba lo que hiciera, siempre estaba ahí.

Pasó un tiempo, y pensó que le había abandonado, pero no era así.

Al cabo de unas semanas, regresaba nuevamente a su lado.

Y se terminó acostumbrando.

Ahora, la ve a la par suya y le dice sonriendo que al llegar la muerte ella se irá.

Pero como suele suceder, ella nunca dice nada.

Goliardos

Un día, el loco decidió instruirse y se adentró en el umbral del conocimiento. Recorrió la sensatez con más de trescientos años de antigüedad y perdió la fe.

No tardó mucho en el camino, hasta que se encontró a un grupo de goliardos con los que, sentados en la banca del deseo, ilusionaron con el más allá.

Acompañados de guitarras y cervezas, las charlas filosóficas les hicieron entender la vida, mientras miraban las estrellas.

Veinte años después, el loco recordó su formación, y mientras bebía una copa de vino, no pudo evitar brindar a la salud de sus compañeros, donde quiera que ellos estuviesen.

A su salud Ludwig, Chino, Carlos, Moñas, Jairo, las Karinas y Erickson Esteifer.

Pies helados

Mis ojos se abrieron y se me helaron los pies.
Sentí esa sensación en el pecho, como que se te va el alma de golpe.
Me quedé inmóvil.
El asombro de pronto se volvió en tristeza.
Y esa tristeza, lentamente se convirtió en compasión.
Al final, y como siempre, mis ojos se cerraron de nuevo.