jueves, 16 de agosto de 2018

Psicodélica visión de un predador acosado por el silencio

Concentrado en el acecho de su presa, de pronto se vio flotando en un mar de circunstancias que le parpadeaban a su alrededor con destellantes colores que por un momento cegaron su enajenada alma.

Se tumbó sobre su pecho y éste rozó las estrellas que chispearon y su resplandor se hizo visible a millones de años luz de distancia.

Parpadeó deslumbrado, envuelto en el anhelo y las estrellas, pero su mente reaccionó hasta retornar a la presa que por un momento había dormido en su paladar, pero evidentemente al despertar, había huido. 

El silencio le abrazó y en sus brazos murió asfixiado por el deseo.

lunes, 30 de julio de 2018

Conjuro

Muriendo el séptimo, a punto de perecer, los demonios me arrastraban hacia el abismo.

Pero de pronto, esa mano femenina me arrancó de las huestes y de pronto me vi en el centro de aquella caverna, rodeado de más de cien almas que al unísono, me trasmitieron su poder.

Sentí el metal correr por mis venas y su poder pronto se convirtió en el mío. Entendí que los días seguirían siendo duros, pero también sabia que la calle era la verdad, iba a vencer por su poder.

Y aquí voy, con poder, tengo las fuerzas para soportar aquel conjuro.

miércoles, 4 de julio de 2018

Janis

Lázaro se comprometió en llegar a la casa de su madre viuda todos los sábados. Cenaba con ella, escuchaba sus historias, dormía en el cuarto de huéspedes y al día siguiente, cercano al medio día del domingo, él regresaba a su casa para compartir con su familia.

Sin embargo, un inconveniente de trabajo, obligó a Lázaro a romper su rutina sabatina. Preocupado, encomendó a Janis, su hija de quince años, para que lo supliera en la visita de su madre; y para que no se fuera sola, le dijo que podía llevar a su hermano menor con ella. Les dio dinero para la abuela y se fue a trabajar.

Llegada la hora indicada, Janis preparó sus cosas, tomó a su hermano y emprendieron el viaje. Recorrieron muchos kilómetros y tuvieron que abordar dos buses, pero al final de cuentas, llegaron a la casa de la abuela, cuando el sol ya se había ocultado entre los techos de aquel viejo barrio.

Tocaron la puerta ilusionados por pasar una noche con su abuela, visualizando cómo podían ser aquellas historias que ella le contaba a su padre.

Lentamente se abrió una pequeña ventanita de aquella puerta de madera y la abuela asomó su rostro para ver quien era. Janis le contó cómo su padre no había podido llegar y el porqué ellos serían los representantes en aquella velada.

Sin embargo, la abuela molesta y con tono cortante, les dijo que espera a su padre y no a ellos. Y en abrupto movimiento, cerró la ventanita. Los niños lograron escuchar cómo la abuela aseguró la puerta y apagó las luces. Janis sabía perfectamente que esa puerta jamás se abriría para ellos.

El niño preguntó el porqué su abuela no los había dejado entrar a casa, pero Janis le dijo que probablemente, la abuela tenía cosas muy importas para hacer, así que le dijo que debían regresar a casa antes que la amigable noche se convirtiera en tenebrosa.

Tomaron el primer bus y los dejó en el área comercial de aquella ciudad, así que con el dinero que su padre les dio, Janis decidió invitar a su hermano a comer pizza con gaseosa y olvidarse de lo sucedido. 

Entonces, en el bullicio de la ciudad, en aquella zona comercial, a lo lejos, se podía ver a ese par de hermanos, comiendo y riendo, inventando historias infantiles, mientras el reloj llegaba al umbral de las nueve de la noche, de aquel sábado peculiar. 

Y Hoy, 36 años después, un hombre me contó una historia de cuando él tenía diez años, una historia de aventura, una historia de una abuela malvada, una hermana extraordinaria y un recuerdo inolvidable. 


jueves, 14 de junio de 2018

Utopía


No ha pasado mucho tiempo y ya extraño tenerlas a mi lado, indagando en la ilusión y la utopía mientras una guitarra canta a la distancia, llenando el ambiente y reconfortando al alma.

viernes, 1 de junio de 2018

El relojero. Parte IV

Estaba en una casa de empeño dentro de un barrio muy concurrido. En el mostrador se encontraba mi hija y tenía dos cajitas cilíndricas, y vi que en cada cajita había dos pequeños corazones de oro.

La primera cajita tenía dos pequeños corazones de oro, y a simple vista parecían dos pequeñas esferas. Sin embargo, al verlos detenidamente, se podía apreciar que esos pequeños corazones esféricos, tenían finos detalles. En la otra cajita, había otros dos pequeños corazones de oro, esta vez, los corazones eran lisos y planos, muy brillantes.

Al lado de mi hija estaba mi hijo hablando con el hombre de la tienda de empeño. Estaba a punto de vender el reloj que mi papá me había dado cuando él aún vivía. El hombre dijo que el reloj valía diez mil. Mi hijo me miró y yo le hice un gesto indicándole que estaba bien.

Salí y caminé a la trastienda de aquel lugar, y en una especie de bodega, llena de cajitas negras, estaba el relojero con una caja abierta viendo un sueño. Yo pude ver el sueño.

El relojero tenía esta vez un semblante triste, así que me acerqué a él y como siempre, volví a sentir esa paz y tranquilidad que aquel hombre me transmitía. “Vendí el reloj” le dije. Pero él, cerrando la cajita lentamente me dijo “Vendiendo el reloj obtiene dinero pero no tiempo, reparando el reloj tiene tiempo”.

Vi su rostro y quedé atónito. 

El relojero, era mi padre.

jueves, 31 de mayo de 2018

domingo, 27 de mayo de 2018

El relojero. Parte III

Me encontré en una plaza de comercio informal, y dentro de aquel bullicio, vi una vieja relojería que se encontraba al fondo.

Entré.

Toda la variedad de relojes que ahí se encontraban me cautivaron. Habían relojes de todos los tipos y todos los modelos. Antiguos y nuevos, relojes por todos lados. Y al fondo, en una mesa de madera atiborrada de cosas, se encontraba el relojero trabando pacientemente.

Me acerqué a él lentamente y sin pronunciar palabra me dediqué a ver qué hacía. Aunque para ser sincero, no entendía su menester.

El siguió trabajando sin importarle mi presencia, pero al pasar un tiempo dejó sus herramientas en la mesa, me miró, se sonrió y me preguntó ¿Ya reparó su reloj?

El relojero. Parte II

Estaba en un lujoso centro comercial viendo relojes a través de una vitrina, uno más hermoso que el anterior. Todos con finos acabados y hermosos detalles.

Pero en el reflejo de la vitrina vi que alguien estaba tras de mi. Volví a ver y ahí estaba el relojero que con esa sonrisa que lo caracterizaba y esa voz amigable me preguntó ¿Ya reparó su reloj?

El relojero. Parte I

En una vieja oficina me encontraba revisando documentos.

Las personas pasaban una a una, y yo les revisaba su documentación; Uno, otro y otro.

De pronto, alguien se paró a mi costado pero no tenía documentos.

Lo volví a ver y era un hombre entrado en años, delgado, bajo de estatura, con una gorra vieja y una gabacha que cubría su atuendo. Sus antojos se quedaban a la mitad de su nariz, y él, me miraba por encima de ellos.

¿Tiene sus documentos? Pregunté.

Pero él, sonrió, tomó aire y me preguntó ¿Ya reparó su reloj?