sábado, 14 de mayo de 2016

No cabes en mis planes

No pidió nada, pero ella intuyendo, se le adelantó ordenando dos tazas de café y dos panecillos. Mientras le miraba con firmeza, él no se atrevía a levantar la cabeza ¿Qué le diría, qué haría al cruzar las miradas?

Ella tomó su taza y revolvió el azúcar en el café. Él seguía en esa actitud de niño castigado. Terminó de revolver el café, dio varios sorbos para comprobar que la temperatura fuera la indicada y bebió con religiosidad.

Dejando la taza dijo con voz calma: -No vamos a estar toda la tarde sin hablar, hay que decir algo. Él levantó tímidamente la mirada y al fin pudo ver sus ojos. Eran hermosos. Acercó la taza de café para no quedarse con las manos vacías y tembloroso quiso endulzar la amargura.

- No sé por dónde comenzar; Tanto que decir, tanto reproche, tanta falta. Tanto error.
Ella seguía bebiendo su café mientras le miraba y él seguía balbuceando palabras sin sentido, sin aterrizar en nada concreto.

Ella vio el reloj y para agilizar las cosas le interrumpió colocando su mano sobre la de él.
- No hay más que decir. Las cosas fueron como sucedieron y lo que sintamos ahora el uno por el otro ya no puede ser cambiado.

El calló.

- No tienes que pedir disculpas, lo que hiciste fue una decisión que tomaste en su momento y te fuiste. Tenías que vivir, tenías que hacer tu vida y en ese momento yo te estorbaba. Está bien, hiciste lo que creíste correcto.

- Yo para ese momento no sabía lo que pasaba, es un vago recuerdo el verte por última vez borracho y hablando de cómo yo no cabía en tus planes. Querías irte y yo no podía ir contigo. No me querías a tu lado. Por eso le agradezco a padre que te haya dicho que cuidaría de mí mientras tú hacías lo tuyo.
Recuerdo haberlo escuchado hablando con madre y decirle “no va regresar, hay que hacernos cargo de la niña”

- Sabes, madre y padre me cuidaron, y bien. Jamás dijeron una palabra, ni siquiera te mencionaron. Te soy sincera, yo tampoco te volví a mencionar, ellos ahora eran mis padres. Ellos me querían y yo a ellos. Mis cumpleaños, mi graduación, la celebración de mi primer ascenso. Allí estuvieron ellos.

- Te olvidé.

- Si bien es cierto, al principio tuve miedo, después te odié, pero al cabo de los años aprendí a perdonarte. Así que no tienes que seguir hablando. Todo quedó en el pasado.

El la veía con asombro y sus ojos se llenaron de lágrimas. Abrió la boca para decir unas últimas palabras, casi como un susurro. Pero ella viéndole y sonriendo le volvió a interrumpir.

- No, no digas nada, ya lo sé. Ten, te traje este dinero, me imagino que te va a servir. Ni te preocupes en decir nada, es un regalo,  no tienes que prometer que me lo devolverás.
-Solo te pido un favor: No vuelvas a buscarme, tengo  muchas cosas que hacer y no puedo atenderte más, ahora, tú no cabes en mis planes.

Pagó la cuenta y salió de aquel lugar con paso firme, sin darle un beso, sin tocarlo siquiera. De camino a su oficina soltó una lágrima pero inmediatamente sonrió sintiendo la paz que no había logrado tener en casi treinta años.