domingo, 11 de septiembre de 2016

Solo queda observar

La noche estaba oscura, tan oscura que no se podía ver a la persona que llevaba al frente. Sin embargo, ella sostenía firmemente la mano de su hermano que la guiaba sigilosa, pero velozmente por la selva. 

Corrían y al menor ruido se agazapaban para esconderse. Corrieron toda la noche hasta llegar a la frontera con México.

Sufrió angustiantemente por días hasta ver a sus hermanos y madre que se reunieron con ellos. Papá nunca apareció.

Bajo un árbol improvisaron una choza y pasarían casi un año comiendo lo que recolectaban en los alrededores. En los pocos momentos de descanso recordaban con anhelo aquellos días donde a la luz del comal reían a carcajadas de alguna tontería del día.

Pero eso había quedado en el pasado, ahora, solo sabían que debían sobrevivir.

Pasarían casi treinta años para que aquella niña regresara a su patria, huérfana, con cicatrices en su interior que aún dolían, motivada más por la curiosidad y sentido de pertenecían que por otra cosa.


Ahora, ve a lo lejos esos montarrales que un día fueron su hogar. Ahora, calla cuando escucha esos absurdos debates de “si hubo o no hubo genocidio” ahora, solo queda observar, recordar y ver en sus hijos, la sonrisa que ella un día perdió.