jueves, 4 de diciembre de 2014

Lucy

Tenía un puesto de mando medio en un banco regular de su comunidad. Con dificultad había logrado casarse con una de las pocas chicas que se fijaron en él cuando joven. Ella, una obsesionada con los niños vio en él el candidato perfecto para procrear y cuando así fue, se dedicó de lleno a ellos dejándole en segundo plano. Él lo sabía perfectamente, pero se conformaba con el hecho de llegar a una casa donde había otros seres humanos que rompieran con sus peleas el tortuoso silencio.

Una noche mientras dormían, quiso acercarse a su compañera pero ella, dándole la espalda realizó un quejido de cansancio para quedarse profundamente  dormida.  Ese día entendió que ella jamás volvería hacer el amor con él. Los días pasaron y su deseo se hizo cada vez más grande. No soportaba llegar al trabajo y ver a las hermosas secretarias dejar ver sus piernas cruzadas por debajo de los escritorios, o sus deseables escotes cuando él de pie les solicitaba algún reporte. Llego al punto de quedarse tarde trabajando solo para ver las siluetas de las señoras que realizaban la limpieza del edificio o llegar a la cafetería de enfrente solo para ver cómo  la camarera subía con dificultad la estantería para alcanzar el café más alto que él pudiera pedir. Todo con tal de ver sus regordetes tobillos.

Un día pensó que se estaba volviendo loco o en un enfermo sexual, y la culpabilidad impuesta en la misa de las siete le impedía rigurosamente terminar el mismo con su tormento. Una noche, debido a las construcciones de la avenida principal, tuvo que tomar una ruta alterna y pasó por ese callejón sucio del costado trasero de su ciudad. Vio a lo lejos lo que parecía haber sido un local grande con un rótulo entre caído que anunciaba un nombre sugerente para caballeros.

Entró.

Pidió un trago y mientras con desconfianza lo tomaba se acercó a él Lucy; una hermosa chica joven que mientras jugaba con su cabello le pidió que la invitara a una bebida. Él inmediatamente accedió y brindaron por la soledad y la rutina. Al término de la negociación subieron a un mugroso cuarto donde se encontraba una cama, una mesa de noche y cuadro viejo. Cuando ella estaba a punto de iniciar su rito cotidiano él la interrumpió pidiéndole que fingiera que lo amaba. Inclusive insistió en pagar una cuota extra por ello.

La segunda vez que se encontraron fue en el apartamento de Lucy con una cuota extra por ello y por fingir que lo amaba. Para la sexta oportunidad él le llevó un presente y ella dejó de cobrarle la cuota extra por ir a su casa. dos horas después le prepararía a Lucy un café y ella lloraría mientras le contaba la mitad de su vida.

Cuando cumplieron un año de frecuentarse él llevó vino para celebrar y ella dejó de cobrarle la cuota extra por fingir que lo amaba. Lucy dejó claro que ahora eran amigos, pero que seguían teniendo una relación comercial y el asintió con la cabeza sin decir ni una palabra. Ambos sonrieron modestamente.

Él pensó que al fin había un balance: Su esposa, seguía recibiendo el dinero que necesitaba para mantener a sus hijos. Él podía relacionarse de forma normal con las mujeres que lo rodeaban en su trabajo y Lucy al fin tenía un amigo con el que podía hablar.

4 comentarios:

Walter Guzman dijo...

Una historia con tintes de realidad, una realidad que se vive en muchos "hogares", no solo de América Latina, del mundo.

Anónimo dijo...

Cuando una relacion fuera de lo comun se hace rutina y el sentido de "fuera de lo comun" cambia para los involucrados.

Anónimo dijo...

Cuando una relacion fuera de lo comun se vuelve rutina y el sentido de "fuera de lo comun" cambia para los involucrados.

Anónimo dijo...

Cuando una relacion fuera de lo comun se vuelve rutina y el sentido de "fuera de lo comun" cambia para los involucrados.