domingo, 2 de agosto de 2015

Me llamó a ser cuerdo

No se si fui un buen hijo, él nunca me lo dijo. Yo creo que no, no fui un buen hijo.

Ya siendo grande aún necesitaba de sus consejos, no se porqué, pero necesitaba que me llamara la atención, que me aconsejara. Al final de cuentas sus palabras siempre resultaban estar cargadas de basta razón.

Un día, entre las múltiples tareas diarias supe que podía ir a visitar a mis papás mucho antes de la hora acordada. Salí casi corriendo y me dirigí para allá.  En el camino me di cuenta que necesitaba cargar gasolina, pero al llegar a la estación me percaté que había dejado mi billetera en el trabajo.  Frustrado y molesto traté de avanzar unos kilómetros más solo para darme cuenta que la gasolina se había agotado. 

Sin más a quien recurrir llamé a la casa de mis papás, ya que la distancia era corta y le pedí favor a mi papá que me llevara un poco de gasolina. Me quedé esperando con pena y vergüenza porque no podía ser que a mis cuarenta años de edad aún me pasaran esas cosas. Cayendo el anochecer vi a lo lejos que se acercaba ese pequeño auto gris de modelo antiguo y dentro de él mi viejito; ese señor de cabeza gris adornada con una gorra de lana, de esas que usan la gente mayor. Se estacionó y me dio la gasolina. Mientras yo le contaba lo sucedido me dio dinero para recargar más combustible y yo le prometí que a mi retorno le recompensaría todo lo el favor. Él sonrió.

Mientras regresaba al trabajo por mi billetera llevaba en la mente su rostro de felicidad. Esa escena le había hecho sentirse útil, me había demostrado por enésima vez que todavía yo necesitaba de él. 

Solamente unos días después yendo de camino a casa tuve un accidente automovilístico. Mi auto se hizo pedazos. Afortunadamente nadie salió herido. Maldije mi suerte y recurrí nuevamente a mi papá para que me prestara su vehículo en lo que se resolvía el tema del seguro.

Llegué a casa de mis papás y él me amonestó. Me hizo ver mis recientes errores y me llamó a ser cuerdo y tener los pies sobre la tierra. Me dio las llaves de su auto, ese Ford Festiva de 1989 y mientras quitaba otras llaves me dijo "No quite el llavero de esas llaves, a mi me trae buenos recuerdos" Me extrañaron esas palabras, pero prometiéndole que no lo haría me marché del lugar para retornar al día siguiente a consecuencia de la llamada de mi madre informándome que mi papá había caído muy enfermo.

Quince días después moriría a causa de neumonía.

Hoy, a casi dos meses de su partida recuerdo con nostalgia nuestras últimas interacciones. La vida me permitió darme el lujo de cometer errores que mi papá resolvería con sabiduría. Aún tuve tiempo de escuchar su último consejo, consejo que ahora entiendo, no era acerca del auto, sino de la vida que tendría que continuar sin él a mi lado.

1 comentario:

Laura Navas dijo...


Ay Lic... tanta nostalgia, no tuve el honor de conocer a su papá pero estoy segura que disfruta sabiendo que dejó marcada su vida con muchas alegrías.

Además puedo decir que lo conozco a usted, y que también ha de estar orgulloso de "ese mal hijo" que nos permitió conocer.