domingo, 16 de agosto de 2020

El teatro de los iguales

Desperté tras bambalinas de un teatro enorme, un teatro viejo, que la verdad, no olía nada bien. Vi que en el escenario habían muchas personas, grandes y pequeños que se mecían con las cabezas abajo, sin expresión, solo se mecían, como si fueran almas en pena. Todos vestían una túnica blanca y en el cuello, brazos y piernas, unos grilletes con cadenas que se extendían a lo alto y se perdían en la oscuridad.

Las cadenas eran distintas unas de otras; unas eran oxidadas, otras con grasa, otras de oro, otras de plata, con diamantes y otras, muy ornamentadas pero manchadas de estiércol. Me di cuenta que las cadenas estaban muy tensas y casi no les permitían a las personas posar los pies, solo de puntitas, por eso se mecían, apenas podían moverse con libertad. 

Vi al público que efusivo les aplaudía sin parar. Reían a carcajadas pero no estaban felices: Sus manos sangraban por tanto aplaudir. También tenían cadenas que los obligaban a estar en sus asientos, sus rostros sufrían, aunque no paraban de reír. El olor a sangre era fétido y se mezclaba con el aliento hediondo del público.

Me di cuenta que yo estaba a punto de salir al escenario y en mis manos tenía dos pares de cadenas nuevas con grilletes relucientes y frente a mí, mis hijos vestidos de blanco y muy inquietos, casi temerosos. Entendí que yo les debía colocar los grilletes y salir con ellos al escenario. Y mi esposa, en el público, sin expresión alguna, aplaudiendo sin parar.

Recordé que yo conocía una salida y con sigilosidad, pero presuroso, los tomé de la mano y los guié a la salida. Abrí la puerta y el día estaba soleado, se respiraba aire freso, casi dulce. En la calle había muy pocas personas que caminaban en paz. Yo quería eso para mis hijos.

Les dije que salieran a caminar y que nunca volvieran a entrar al teatro, que solo debían caminar. Ellos me pidieron que los acompañara, pero al querer salir, el grillete de mi cuello me regresó con fuerza. Les sonreí y les mentí para que se fuera de ahí.

Y cuando ellos salieron, la puerta se cerró con fuerza y los perdí de vista, ya no pude ver a dónde fueron mis hijos.

Las cadenas que tenía en mis manos poco a poco se tensaron y me arrastraron al escenario y para que nadie se enterara que mis hijos habían escapado del teatro, me coloque una cadena en cada una de las muñecas de mis manos y quedé en el escenario. El público me vio con las cadenas estirando mi cuello y brazos, casi al borde de la asfixia, y ellos inmediatamente aplaudieron al unísono; unos aplaudieron queriendo pararse, otros aplaudían fuertemente, y otros lloraban cuando aplaudían.

Y ahí me quedé, eternamente, meciéndome con los demás, con la cabeza baja, el público riendo a carcajadas, todos los presentes cautivos, pero teniendo la esperanza que mis hijos jamás estarían en el teatro de los iguales.